Luis Manuel García Méndez
La periodista Camila Acosta acaba de mostrarnos en la parte trasera del crematorio del Cementerio de Colón, en La Habana, una montaña de huesos humanos apilados como si se tratara de escombros de una obra en curso. No deja de ser cierto. Ya se sabe que toda obra nueva requiere, en primer lugar, la demolición de la anterior y su desescombro.
Algunos afirmarán que la desidia y la incompetencia ya no se limitan al mundo de los vivos. Que a los gobernantes cubanos no les basta con someter a la ciudadanía al hambre, las enfermedades y la desesperanza. Que ni siquiera sus huesos podrán descansar en paz, allí donde sus deudos puedan visitarlos. No les falta razón.
Pero el hecho tiene una segunda lectura. Toda dictadura siente la necesidad de reescribir el pasado, e incluso de borrarlo. El gobierno cubano, desde el primer minuto, insistió en tildar de seudo república a todo el periodo comprendido entre 1902 y 1959. Hacia atrás, sólo salvaban como ilustres predecesores a los mambises del siglo XIX. Aprendimos en la escuela que todo lo anterior a 1959 era la prehistoria, con una pequeña luz durante las guerras de independencia. Como la era cristiana. Antes de FC y después de FC. Sencillo, sin matices y fácil de memorizar por si salía en el examen.
El nuevo modelo de calendario fideliano no es nada original. La revolución francesa cambió el calendario gregoriano por uno “revolucionario” para extirpar de la memoria el antiguo régimen. La revolución rusa abominó del pasado y negó toda virtud precedente. La revolución cultural china hizo tabla rasa físicamente del pasado: se destruyeron templos, obras de arte, libros, ideas e intelectuales. Y la revolución de los jemeres rojos en Camboya declaró el “Año Cero”. La nueva sociedad se edificó sobre una montaña de cadáveres.
De modo que este amontonamiento de huesos, tan anónimos como aquellas lomas de cadáveres sin nombre en los campos de concentración nazis, bien podría ser el sustrato, el abono, de una nueva era luminosa. Ya lo dijo Julio Antonio Mella: Hasta después de muertos somos útiles. En definitiva, los ciudadanos cubanos, vivos o muertos, siempre hemos sido tratados por el actual régimen como materia prima del poder. Para morir en Etiopía, en Angola o en Granada; para ser acarreados a mítines de repudio, o para aplaudir en la Plaza.
La actitud del gobierno cubano hacia la muerte siempre ha sido bipolar. Los ceremoniales alrededor de los mártires, reales o presuntos. Patria o Muerte fue un lema recurrente. Y el desprecio por la vida de sus ciudadanos que llega al extremo de ni siquiera intentar el rescate de los 53 cadáveres que permanecen en el remolcador 13 de marzo, hundido por el propio gobierno.
No debería asombrar a nadie, entonces, que un gobierno que ha convertido en escombros la vida cotidiana de sus ciudadanos y las ciudades en ruinas donde habitan, asediados por montañas de desperdicios, se desentienda del destino de esos mismos ciudadanos una vez que ya no son útiles, ni siquiera para el aplauso.
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